Blanco Encalada 992 (Entre San Martin y O'Higgins) +56 9 32706231 info@ibrtemuco.cl
Evangelísticos

Majestuoso Dios

16 de febrero de 2026 Administrador
Majestuoso Dios
Tamaño:
Hace tres mil años, el rey David expresó en una sola palabra el comienzo del verdadero conocimiento de Dios: “¡Temblad!”. No se trata de un miedo irracional, sino de un profundo sobrecogimiento reverente, ese impacto interior que experimentamos ante algo inmensamente mayor que nosotros: la fuerza indomable de la naturaleza, la realidad solemne de la muerte o una revelación que cambia nuestra comprensión de la vida. Ese tipo de asombro nos detiene, nos hace callar y nos obliga a pensar seriamente. Así debe empezar la búsqueda de Dios.
El primer paso es asombrarnos ante nosotros mismos. El ser humano no es un accidente biológico ni un simple animal evolucionado; posee alma eterna, conciencia moral, capacidad de razonar, amar, crear y anhelar la eternidad. Somos criaturas privilegiadas, responsables delante de nuestro Creador. Reconocer nuestra dignidad y también nuestra rendición de cuentas es esencial. Cuando comprendemos quiénes somos realmente, surge una pregunta inevitable: ¿para qué existimos y ante quién responderemos?
El siguiente paso es dirigir ese sobrecogimiento hacia Dios mismo. No lo encontraremos en nuestras imaginaciones, sino en su revelación escrita: la Biblia. Allí se nos presenta como infinito, eterno, todopoderoso y omnisciente. Él gobierna la historia, conoce el futuro con absoluta certeza y no está limitado por las especulaciones humanas. Pero también es santo y justo: odia el pecado y no puede ignorar la maldad. Esta realidad debe producir en nosotros un temor reverente, porque no estamos ante un ser indiferente, sino ante el Juez moral del universo.
Sin embargo, el asombro alcanza su punto más alto en la persona y obra de Jesucristo. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre, vivió en perfecta obediencia y murió en la cruz cargando la culpa de pecadores. Allí sufrió el castigo que merecíamos, realizando una expiación completa y suficiente. La cruz no es un símbolo vacío, sino la manifestación suprema de la justicia y del amor de Dios. Ante tal Salvador, el corazón debería estremecerse en adoración.
Pero el “temblad” también implica reconocer nuestra propia condición: hemos ofendido a Dios, quebrantado su ley y vivido centrados en nosotros mismos. Esta conciencia produce un santo temor, no para alejarnos, sino para llevarnos al arrepentimiento. David añade: “y callad”. Es decir, detente, no discutas, no huyas; reconoce tu necesidad y acude a Cristo.
Nadie ha sido verdaderamente convertido sin este profundo sobrecogimiento: asombro ante la grandeza de Dios, convicción ante la realidad del pecado y admiración ante la gracia redentora de Cristo. Y cuando Dios concede perdón y nueva vida, nace un nuevo asombro: la maravilla de la conversión, la transformación interior y la comunión restaurada con Él. Ese es el camino para conocer a Dios: temblar, callar, creer y vivir maravillados por su gracia.