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Vida Cristiana

Cómo cultivar la humildad

13 de febrero de 2026 Administrador
Cómo cultivar la humildad
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Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor (Efesios 4:1–2).

EL ORGULLO ES, SIN DUDA, nuestro mayor enemigo interior. Es lo que principalmente provocó la caída de Satanás. Es lo que, en esencia, produjo la caída de la raza humana en el huerto del Edén. Nos priva de utilidad para Dios y de gozo espiritual, y siembra discordia entre los cristianos. No es sorprendente que Pablo exhorte con tanta fuerza a los creyentes a andar “con toda humildad y mansedumbre”.

La humildad (en el griego) significa literalmente humildad de pensamiento. Describe una actitud mental en la que nos refrenamos a nosotros mismos, de modo que pensemos como siervos. No es tanto un estado mental, sino un acto del entendimiento.
La humildad no desciende del cielo de manera automática. No puede alcanzarse sin pensamiento y reflexión. Es un acto deliberado del pensamiento en el que reprimimos pensamientos y reacciones orgullosas. Por supuesto, solo puede ser producida con la ayuda del Espíritu Santo, en respuesta a la oración. Pero hay una acción mental que nosotros debemos ejercer.
La humildad asegura al creyente una serie de inmensas bendiciones y beneficios.

1. En primer lugar —y de manera bastante evidente— trae la ayuda del Espíritu Santo para un mayor progreso en santidad, servicio y adoración. Este es un principio claro de la Escritura. Siempre es al humilde a quien Dios bendice de manera significativa. Repetidamente se nos dice que a los soberbios Él los conoce desde lejos. Los rechaza, ya sean creyentes o incrédulos.

2. En segundo lugar, la humildad atrae a los inconversos. Es cierto que una persona humilde a veces es despreciada por esta virtud, pero, en términos generales, resulta atractiva para quienes la rodean. A la mayoría de las personas no les agradan los orgullosos. Por lo tanto, la humildad fortalece el testimonio cristiano.
Muchos aspectos de nuestro testimonio resultan difíciles de aceptar para las personas, como la idea de que están separadas de Dios, o que serán condenadas como pecadores. Un espíritu humilde en el mensajero suaviza enormemente ese mensaje no deseado, asegurando una mejor disposición para oír el evangelio.

3. En tercer lugar, la humildad nos capacita para soportar los golpes y las pruebas de la vida. Esto es algo evidente. Si tengo un espíritu orgulloso, seré mucho más propenso a ser hipersensible ante ofensas y pruebas. Sin duda, asumiré mal mis aflicciones. Un espíritu humilde, en cambio, es elástico y absorbente.

4. En cuarto lugar, la humildad promueve la comunión entre el pueblo del Señor. Hace a cada uno más accesible y más interesado en los demás. Nos capacita para animar a otros y ayudarles.

5. En quinto lugar, la humildad nos vuelve cuidadosos y diligentes. En parte porque no tenemos una visión inflada de nuestras capacidades, y en parte porque nos vemos a nosotros mismos como deudores a Cristo, quien merece de nosotros nuestros mejores esfuerzos. La humildad dice: No soy una gran persona y necesito ser cuidadoso y diligente en todo lo que hago. Nos hace constantes y confiables.

Hay ejemplos notables de humildad en la Biblia. Pensamos en Moisés, descrito en el libro de Números como el más manso de todos los hombres. ¡Cómo necesitaba serlo, si tenemos en cuenta toda la murmuración y dificultades que tuvo que soportar!

Tuvo que ser paciente más allá de lo imaginable. Tuvo que aceptar y sufrir insultos interminables, infidelidad, rebelión, apatía, burla y cobardía. Sin embargo, tuvo que mantener su labor para el Señor a pesar de todo. No es sorprendente que sea identificado como una persona de humildad extraordinaria.
También podemos pensar en Nehemías: canciller o primer ministro de un imperio, y aun así dispuesto a emprender un viaje largo y peligroso a Jerusalén, para asumir un papel sin gloria entre un pueblo despreciado. Él también tuvo que enfrentarse a la hostilidad constante de los enemigos de Sion y a la mala conducta del propio pueblo de Sion. Solo la humildad le permitió ser fiel a su misión.
Daniel fue otro miembro notable de la compañía de instrumentos humildes. ¿Qué sostuvo a Daniel durante tantos años peligrosos? Sin duda, su humildad. Hundido repetidas veces, solo esta virtud lo sostuvo. De Daniel aprendemos que la humildad no significa despojarnos de todos nuestros dones y capacidades naturales. Significa que estos no son aquello en lo que nos gloriamos ni en lo que nos detenemos. Los ejercitamos, pero permanecemos como humildes deudores delante del Señor.

La fuerza que proviene de la humildad
¿Qué podría haber hecho el apóstol Pablo sin humildad? Con frecuencia estuvo sin apoyo, medio hambriento, vestido con ropas andrajosas, sufriendo hostilidad violenta, desprecio, arrestos y encarcelamientos. Como hombre de gran intelecto, ¿no podría haber obtenido para sí dignidad y posición? ¿No podría haber sucedido a Gamaliel como académico destacado entre sus compatriotas?
O como cristiano, ¿no podría Pablo haberse quedado fácilmente con la congregación gentil más numerosa, amado y estimado, y rodeado de colaboradores? ¿Qué le permitió escoger una vida de desilusión y humillación? Fue porque cuando Dios lo derribó en su conversión, también lo humilló, y Pablo permaneció así.
La humildad es poderosa.
El orgullo se preocupa por mí, por mi estatus, mis sentimientos y el trato que recibo. El orgullo es crítico y desdeñoso, siempre buscando a quién criticar como una forma de alimentar la autoestima.
El orgullo invariablemente se coloca por encima de la reprensión. Es difícil llevar un mensaje de corrección a un espíritu orgulloso, aunque se presente con suavidad. El orgullo resentirá tanto la reprensión como al que la da. Ciertamente no escuchará, porque el orgullo siempre tiene la razón.

Pasos a seguir
¿Cómo promovemos en nosotros mismos la humildad y mansedumbre de Efesios 4:2? ¿Cómo desarrollamos la actitud mental correcta? Aquí hay un conjunto de puntos que pueden ayudar.
En primer lugar, debo recordar que soy indigno —y decirlo en serio. Soy indigno de una relación con el Dios vivo, indigno de pertenecer a la familia del pueblo de Dios, e indigno del Cielo.
Por supuesto, el creyente no debería decir: “No soy absolutamente nada; no puedo hacer nada”, porque eso no sería verdad. Hemos recibido nueva vida de Dios, y podemos saber mucho, y poseer muchos atributos y habilidades. No podemos destruir todo esto.
¿Cómo tratamos entonces con la autosatisfacción y el orgullo que rápidamente se acumulan cuando pensamos demasiado en las cosas que Dios nos ha capacitado para hacer por Él? ¿O cómo manejamos nuestros dones y habilidades? Tal vez alguien ha formado la clase más grande en la obra infantil, o ha tenido un éxito inmenso en otra área de servicio.
¿Cómo se mantiene la humildad?
La respuesta es sencilla: equilibrar lo bueno con lo malo. Esto ancla nuestros pies a la tierra. Debemos recordar los errores vergonzosamente necios que hemos cometido, y reflexionar con vergüenza sobre nuestros motivos indignos. Debemos considerar todas las insuficiencias personales que estas cosas revelan, y luego alabar a Dios por Su poder y bendición.
A veces es bueno mirar hacia atrás a pecados pasados, aunque hayan sido perdonados hace tiempo. Nos recordamos a nosotros mismos lo que éramos (incluso después de la conversión) y cómo Dios nos soportó y nos perdonó. Esto es algo muy conmovedor de hacer.
Luego debemos ir un paso más allá y recordar que estamos totalmente endeudados con el Señor que nos compró. Debemos decir: “Él tiene un derecho absoluto sobre mí, porque me he rendido a Él. Estoy enteramente a Su disposición; estoy en Sus manos”. Al recordarnos Su bondad y nuestros votos, se forma en nosotros una actitud humilde.
Luego debemos avanzar aún más y recordar cuán endeudados estamos con otros cristianos. Hay quienes nos hablaron primero la Palabra, y quienes nos han soportado a lo largo de nuestro crecimiento espiritual. Debemos decir: “Todos ellos me han enseñado y ayudado. Han tenido paciencia conmigo y me han perdonado muchas ofensas. Estoy en deuda con todos ellos, y debo servir a otros como he sido servido”.
Después nos recordamos a nosotros mismos que todavía tenemos muchas faltas. Si pensamos en ellas, nos preguntaremos cómo es que las personas pueden tolerarnos. Así se mantiene la humildad de mente.
Una ayuda vital para la humildad es tener presente que tenemos una vieja naturaleza que debe ser controlada, y que siempre necesita una fuerte contención. Y la primera manifestación de esta vieja naturaleza (el pecado remanente en nosotros) es el orgullo. Cada día somos llamados a mortificarlo. Levanta su cabeza constantemente, de modo que no podemos relajarnos ni un solo día. La humildad de mente depende de que mantengamos nuestro lugar.
Debemos decir: “Sí, tengo algunos dones y habilidades, pero solo algunos, y otros del pueblo del Señor también los tienen. En última instancia, no soy diferente de nadie más”.
Debemos notar aquellas áreas de la vida cristiana en las que otros nos superan ampliamente. Tal pensamiento nos mantiene en nuestro lugar. Somos llamados a ser parte de un cuerpo, y nunca debemos perder eso de vista. Necesitamos a otros. El día que descartamos tal pensamiento somos tragados por un orgullo necio, y Dios no nos bendecirá.

El espíritu de siervo
La humildad es promovida y preservada por un espíritu de siervo. Esto es lo que se entiende por el término mansedumbre (parte del fruto del Espíritu en Gálatas 5). En tiempos antiguos, a un siervo se le enseñaba que su amo era mucho más importante que él. Esto no significa que la cultura de aquellos tiempos fuera correcta, pero a menudo se utiliza en la Escritura como una buena imagen del espíritu de un cristiano. Los demás deben ser más importantes que nosotros, según nuestra estimación. Estamos aquí para ayudarles y servirles. Somos llamados a estimar a los demás como superiores a nosotros mismos. Esto es humildad.
Para conservar el espíritu de siervo, nunca debemos aferrarnos a nuestra dignidad ni ser rápidos para insistir en nuestros derechos. No digo que nunca debamos hacerlo. A veces somos presionados hasta tal punto que tenemos derecho a cierta consideración, y debemos decirlo. Tenemos derechos en la sociedad, y podemos insistir en ellos. Pero los cristianos son lentos para afirmar sus derechos. No son hipersensibles. Están dispuestos a ser agraviados hasta cierto punto. Están dispuestos a absorber la ofensa. Estar excesivamente ansiosos por preservar toda dignidad no es un fruto de la humildad.
¿Qué sucede si el orgullo entra porque soy cabeza de un hogar? Debo recordar que la autoridad en el hogar no es mía por algún valor intrínseco en mí. No soy mejor que nadie más en la familia. Es una autoridad delegada dada por el Señor, y debo ser digno de ella. Tendré que dar cuenta de la manera en que la he ejercido. Esta comprensión ayuda a mantener humildes a los esposos.

El sentido del privilegio
¿Qué ocurre si el orgullo se infla porque soy líder de algún departamento del servicio cristiano, o un oficial de la iglesia? Debo decir: “Este privilegio me lo ha dado el Señor, y yo soy Su siervo. Debo ejercer este liderazgo de manera correcta y justa, conforme a Su voluntad, porque algún día daré cuenta de mis acciones. No debo ejercerlo con arrogancia ni pompa”. La regla de oro para el liderazgo es mirar la tarea más que el cargo, y hacer el trabajo más que disfrutar la posición.
Ampliando un punto hecho anteriormente, nunca debemos anhelar atención o reconocimiento. La vieja naturaleza desea atención, y “solo un poco de halago”. Pero ¿qué sucede si la alabanza llega sin buscarla? Nuestra respuesta debe ser recibirla con gracia, pero no detenernos en ella. Ciertamente nunca debemos proyectarnos, en nuestra imaginación, en una situación donde somos grandes o especiales. Tales fantasías son un golpe mortal para la humildad. Soñar con grandes cosas conduce a dos resultados: pronto pensaremos que somos dignos de ellas, y luego las perseguiremos.
Las personas cristianas pueden, sin duda, buscar progreso en la vida, como un ascenso, pero cuando son enriquecidas o promovidas de alguna manera, deben considerarlo como mayordomía, no como riqueza. Deben continuar con la tarea en lugar de pavonearse a sí mismos. Si la mente dice: “Mira lo que he logrado y alcanzado”, deben expulsar esos pensamientos como si fueran veneno.
Otra regla vital para la promoción y preservación de la humildad es que nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, debemos despreciar a otras personas ni tenerlas en menosprecio. Ya hemos mencionado evitar un espíritu crítico, pero esto va aún más lejos. Ciertamente debemos ser discernientes y estar a menudo dispuestos a decir que alguien o algo está equivocado. Pero nunca debemos menospreciar fácilmente a las personas. Algunos creyentes albergan pensamientos de desprecio hacia otros que destruyen toda su humildad. Nuestro hablar no debe estar gobernado por pasiones momentáneas, sino que debe ser paciente, amable y edificante. Solo debemos censurar o reprender cuando sea claramente necesario y justo, y aun entonces, con espíritu de mansedumbre (Gálatas 6:1).
Debemos decir: “Debo ser accesible en todo momento. Debo estar abierto a recibir a las personas para que hablen conmigo. No debo ser distante ni suspicaz, sino abierto y cortés”. Todas estas cosas son expresiones de la humildad.
Un gran estímulo para la humildad es decir: “Aceptar é las providencias de Dios”. Esto es bastante difícil para todos nosotros. Las cosas salen mal y, de forma instintiva, queremos culpar a alguien y sentir lástima de nosotros mismos. Existe el impulso de repasar mentalmente todas nuestras dificultades y aflicciones. Pero si procuramos aceptar la supervisión providencial de Dios sobre nuestros asuntos, esto promoverá la humildad en nosotros.
Debemos procurar sentirnos privilegiados de ser objeto de Su disciplina formativa. Debemos reflexionar en la probabilidad de que Dios use nuestra reacción ante las pruebas como testimonio. Debemos ver la posibilidad de que Dios nos esté destetando de algún apego terrenal indebido.

Desfavorecidos
Puede muy bien ser culpa de otra persona que algo nos haya sucedido y que hayamos sido perjudicados. Pero Dios lo ha permitido; claramente lo ha autorizado. El creyente que acepta Sus providencias avanza considerablemente en humildad, para la gloria de Dios.
La humildad es inmensamente valiosa para nosotros y preciosa ante Dios. Da lugar a tanta felicidad y utilidad. Sin duda, debe ser nuestro deseo y nuestra oración.

John Cennick (1718.1755) hace eco de esta verdad en su hermoso himno Be with me, Lord, where’er I go (Que hemos traducido y adaptado al español como Dios sé conmigo donde esté):

Dios sé conmigo donde esté
Tu voluntad enséñame;
gobierna mi pensar y hablar
guíame en mi caminar.

Hazme no orgullo cultivar
ni en mi fuerza descansar;
hazme entender que débil soy
y que por Ti fuerte estoy.

A orar bien enséñame
inclíname a obedecer;
de lo que odias deseo huir,
amar lo que te agrada a Ti.

Si soy salvo por la misericordia de Cristo, pero luego recaigo en el orgullo, el Señor será muy reservado conmigo. No servirá de nada que ore pidiendo ser instrumento en mi predicación, en la escuela dominical, en la visitación o en el testimonio. Puede que el Señor se vea obligado finalmente a disciplinarme para traerme de vuelta, pero mientras tanto no puedo esperar bendición.
No puedo tener un espíritu orgulloso y, al mismo tiempo, ser un instrumento bendecido. Es la humildad la que abre la puerta a la bendición.

No te molestes en orar
El orgullo interrumpe la comunión con Dios. ¿Tiene algún lector un espíritu orgulloso? Es algo terrible de decir, pero el siguiente consejo puede aplicarse: “No te molestes en tener devociones personales. No te molestes en orar. No te molestes en leer la Palabra. Estás perdiendo tu tiempo”. La mayoría de las oraciones de la persona orgullosa no son oídas ni respondidas.
Algunos grandes instrumentos de Dios llegaron a ser trágicamente orgullosos hacia el final de sus vidas. Se atribuyeron a sí mismos el mérito de su éxito y se complacieron en sus propias fuerzas. Entonces cayeron de la utilidad, y a veces en profunda insensatez. Temer al orgullo nos ayuda a evitarlo.
La humildad es una demostración notable del poder de la salvación. Recordamos que la caída de la humanidad ocurrió en un contexto de perfección. Desde la perfección caímos para convertirnos en una raza rebelde y orgullosa, acosada por todo pecado imaginable.
Pero la obra de Cristo se alza en total contraste con esto, porque Él nos restaura en un contexto de pecado. Somos restaurados de un lodazal de pecado, siendo el orgullo el principal.

Solo Cristo puede quebrantar el orgullo del no regenerado y producir humildad.